La pelota no siempre cuenta la verdad, pero cuando pasaba por el pie de Diego Maradona, parecía confesar algo que el resto del campo todavía no entendía.
Aquel tramo de imágenes no necesitaba una sola voz para volverse inolvidable, aunque las voces estaban ahí, mezcladas, superpuestas, entrando y saliendo como si cada idioma quisiera apropiarse del mismo asombro.
Schuster aparecía en el inicio de la secuencia, pero el relato no tardaba en rendirse ante otro nombre.

Maradona.
Primero lo esperó Camacho.
Después Bonet.
Luego llegó otro cierre, otra pierna, otro cuerpo que intentaba convertir el arte en choque.
Pero Diego no se movía como los demás.
No era solo velocidad, aunque la tenía.
No era solo fuerza, aunque resistía golpes que a otros les habrían quebrado la jugada.
Era esa forma suya de esconder la pelota sin esconderla, de dejarla a la vista y aun así hacerla imposible de alcanzar.
Camacho quedó atrás.
Bonet también.
Y cuando el defensor que llegaba tarde entendió que ya no podía ganarle limpiamente, apareció la falta.
Fue una escena repetida en toda la carrera de Maradona: el rival primero intenta leerlo, luego intenta cerrarlo, después intenta golpearlo.
Porque ante ciertos jugadores, el fútbol se queda sin recursos defensivos y empieza a usar el cuerpo como último argumento.
La falta no borró la jugada.
Al contrario, la subrayó.
La hizo más evidente.
El golpe confirmó lo que el regate ya había dicho: Diego había pasado por donde no se podía pasar.
Las transmisiones lo mostraban de una forma casi hipnótica.
Un narrador lo nombraba en español.
Otro lo seguía en italiano.
Otro reaccionaba desde el asombro alemán.
Y en todas las voces se escuchaba la misma dificultad: describir a un futbolista que hacía que las palabras llegaran tarde.
Maradona recibía, giraba, aceleraba y el campo se partía en dos.
De un lado estaban quienes intentaban detenerlo.
Del otro, todos los que ya habían dejado de analizar y solo podían mirar.
Baverini lo apretó.
Porras no encontraba argumentos técnicos para marcar al capitán argentino.
La frase era dura, pero exacta.
No bastaba con correr detrás de Maradona.
No bastaba con tener piernas fuertes, ni hombros anchos, ni órdenes claras.
Había que adivinarlo.
Y adivinarlo era casi imposible.
Cuando llevaba la pelota, Diego cambiaba el ritmo de la jugada sin pedir permiso.
Podía atraer a un defensor solo para dejarlo fuera en el siguiente toque.
Podía fingir que iba hacia adentro y escaparse por el lado que parecía cerrado.
Podía recibir una patada, perder medio equilibrio y aun así encontrar un pase que dejaba a todos los demás comprometidos.
Por eso sus jugadas no eran simples avances.
Eran pequeños derrumbes.
Cada rival que quedaba atrás abría una grieta nueva.
Cada falta no cobrada o cada empujón resistido hacía crecer la sensación de que algo más grande estaba ocurriendo.
En una de esas corridas, el partido continuó porque Maradona continuó.
La frase parece sencilla, pero contiene una verdad enorme.
Hay futbolistas que necesitan que el árbitro los proteja para seguir vivos en el partido.
Maradona, muchas veces, seguía incluso cuando el partido ya lo había golpeado.
Lo tiraban, lo sujetaban, lo apretaban desde atrás, y aun así el balón quedaba en movimiento.
En ese movimiento apareció Caniggia.
El pase no fue un detalle secundario.
Fue la prueba de que Diego no corría solo para lucirse.
Corría para fabricar una consecuencia.
Había dejado atrás a Dunga.
Ricardo Rocha lo incomodaba, lo perseguía, lo quería frenar.
Pero Maradona encontró el momento, el hueco, la línea de salida.
Y Caniggia apareció con el hambre de los delanteros que saben que una pelota de Diego no se desperdicia.
Gol de Argentina.
En la ficha podía figurar el nombre del goleador, pero en la memoria de la jugada quedaba escrito otro origen.
El gol había nacido antes.
Había nacido en el primer amague.
En el cuerpo del defensor que dudó.
En la falta que no logró cortar la intención.
En la cabeza levantada de Maradona cuando todos creían que solo estaba escapando.
Ese era uno de sus rasgos más crueles para los rivales.
Mientras ellos luchaban contra el regate, él ya estaba pensando en el pase.
Mientras ellos celebraban haberlo empujado hacia una zona incómoda, él ya había visto una salida.
Mientras ellos creían que la jugada era individual, él estaba preparando un golpe colectivo.
Por eso los relatos terminaban llamándolo maestro.
No por adornar la pelota.
No por hacer trucos vacíos.
Maestro porque enseñaba, en vivo, que el fútbol podía resolverse con una mezcla de coraje, imaginación y precisión.
Otra vez el maestro.
Sigue el maestro.
Grande maestro.
El centro maestro.
Las voces repetían el nombre como si al repetirlo pudieran alcanzar la jugada.
Pero Maradona siempre estaba medio segundo adelante.
A veces intentaba lo imposible desde fuera.
A veces se metía entre tres.
A veces el tercer defensor llegaba cuando los dos primeros ya habían sido derrotados.
Y aun así, en sus pies, en sus piernas, en esa zurda que parecía discutir con la lógica, quedaba una salida posible.
No todas las jugadas terminaban en gol.
Eso nunca fue lo más importante.
Lo importante era la amenaza.
Con Maradona, incluso una jugada que se iba al fondo dejaba al estadio con la sensación de haber visto algo peligroso.
Un intento fallido podía parecer una advertencia.
Un regate incompleto podía dejar una marca psicológica.
Un defensor que lo frenaba una vez sabía que tendría que hacerlo de nuevo, y luego de nuevo, y luego otra vez, hasta que llegara el segundo exacto en que Diego encontraría la grieta.
Ahí estaba la tensión.
No en saber si Maradona tocaría la pelota.
Sino en saber qué le haría al mundo cuando la tuviera.
La secuencia final tenía algo de resumen y algo de condena para los que lo perseguían.
Minuto y medio de partido, o quizá un fragmento perdido dentro de una memoria más amplia, y Diego arrancó desde atrás.
No pidió permiso.
No necesitó que el campo estuviera limpio.
Tomó la pelota y empezó otra vez.
Prince quedó en el camino.
Un cuerpo lo molestó.
Otro quiso cerrarlo.
Pero Maradona se fue.
Y siguió.
Y se fue.
Hay repeticiones que no cansan porque no son repetición, sino insistencia de la maravilla.
Maradona.
Maradona.
Maradona.
Cada vez que el narrador decía su nombre, el balón seguía avanzando.
Cada vez que parecía atrapado, aparecía un toque más.
Y cuando la ovación cayó sobre el estadio, no fue una ovación cualquiera.
Fue una respuesta física.
La gente se levantó porque el cuerpo entiende antes que la cabeza cuando está viendo algo irrepetible.
Lo merecía Diego.
Lo merecía porque había convertido la persecución en espectáculo.
Lo merecía porque había hecho que defensores fuertes parecieran llegar tarde a una cita que nunca habían comprendido.
Lo merecía porque la jugada no era solo suya, pero sin él no existía.
Observen la jugada, decía la voz.
Y al observarla, todo se ordenaba.
Primero el engaño.
Luego el arranque.
Después el contacto.
Después la resistencia.
Después esa manera de irse aun estando molestado, aun estando rodeado, aun teniendo el cuerpo rival encima.
Y sigue.
Y se va.
Y sigue.
Y se va.
La grandeza de Maradona no estaba únicamente en lo que hacía con el balón, sino en lo que obligaba a hacer a los demás.
Obligaba al narrador a gritar.
Obligaba al defensor a desesperarse.
Obligaba al estadio a ponerse de pie.
Obligaba al compañero a correr porque sabía que, en cualquier instante, la pelota podía aparecer donde nadie la esperaba.
Y también obligaba al recuerdo a quedarse.
Porque esas jugadas, vistas años después, no funcionan como archivo.
Funcionan como presente.
Uno vuelve a mirar a Diego recibir, girar, aguantar y escapar, y la pregunta se repite aunque el resultado ya sea conocido.
¿Cómo va a salir de ahí?
La respuesta, casi siempre, era la misma.
Saliendo.
No de cualquier manera.
Saliendo con una mezcla de desafío y naturalidad que hacía que lo imposible pareciera una costumbre.
En ese sentido, Maradona no solo jugaba contra defensores.
Jugaba contra la idea de que el campo tenía límites fijos.
Jugaba contra la obediencia.
Jugaba contra la línea recta.
Jugaba contra todos los que creían que una falta podía terminar una jugada antes de tiempo.
Por eso, cuando el relato llega a ese punto en que el estadio ovaciona al emperador Maradona, la palabra no suena exagerada dentro de la escena.
Suena inevitable.
Porque había mandado en el caos.
Había recibido golpes y seguía decidiendo.
Había dejado hombres en el camino sin perder la cabeza ni la pelota.
Y cuando todos creyeron que ya habían visto el máximo gesto, todavía quedaba un toque más, una salida más, una carrera más.
La pelota seguía cerca de su zurda.
Los rivales seguían detrás.
La grada seguía subiendo de volumen.
Y Maradona, como si el ruido no pudiera tocarlo, volvió a inclinar el cuerpo hacia adelante.
Otra vez el defensor llegó tarde.
Otra vez el estadio entendió antes que el marcador.
Otra vez el relato se quedó persiguiendo una jugada que ya se le estaba escapando.
Diego se fue.
Y siguió.
Y se fue otra vez.