La Promesa Que Convirtió A Un Niño Descalzo En Rey Del Fútbol-Quieen

Antes de que el mundo lo llamara Pelé, su nombre era Edson Arantes do Nascimento.

En casa le decían Dico.

Nació en 1940, en una familia humilde de Brasil, cuando la electricidad apenas había llegado a su barrio.

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Por eso lo nombraron en honor a Thomas Edison, como si la familia quisiera guardar en el acta de nacimiento una señal de luz.

Pero la luz no llenaba los platos.

Dico creció con ropa improvisada, pies descalzos y días en los que una rebanada de pan podía parecer comida suficiente solo porque no había otra cosa.

Su padre, João Ramos, conocía demasiado bien la crueldad de los sueños.

De joven había parecido destinado al fútbol, pero una lesión en la rodilla le destruyó la carrera antes de que pudiera levantarla.

Después trabajó como limpiador, con un sueldo que apenas alcanzaba para sostener a la familia.

No era un hombre vencido, pero sí un hombre marcado.

Dico lo veía volver cansado y entendía algo que ningún niño debería entender tan pronto: amar algo no siempre basta para salvarte.

Su madre lo entendía todavía mejor.

Cuando descubrió cuánto amaba el fútbol, no se alegró del todo.

Temía que su hijo siguiera el mismo camino del padre, un camino lleno de ilusión, rodillas frágiles y promesas que podían convertirse en hambre.

Pero el fútbol ya lo había elegido.

Como no tenía dinero para un balón, Dico jugaba con un calcetín relleno de papel y tela.

Lustraba zapatos para ayudar en casa y luego corría a jugar con sus amigos como si cada calle fuera una cancha.

También nadaba en un río cercano, hasta que un día uno de los niños quedó atrapado en un pozo y murió.

Esa muerte le dejó una pregunta que no se le fue.

¿Por qué él seguía vivo?

Empezó a pensar que tal vez Dios lo había salvado por una razón.

Y para él, esa razón tenía forma de pelota.

Con el tiempo se unió a un equipo infantil llamado 7 de Septembro.

Los niños querían uniformes, así que vendieron cacahuates para conseguir dinero, aunque primero los robaban de los trenes que llegaban al pueblo.

Era una infancia hecha de hambre, juego, travesuras y necesidad.

También era una escuela.

Su padre empezó a enseñarle los fundamentos del fútbol, no como un entrenador frío, sino como alguien que le entregaba al hijo la parte de su sueño que no había podido vivir.

Le enseñó a llevar el balón pegado al pie.

Le enseñó que la pelota no debía sentirse como un objeto aparte, sino como una extensión del cuerpo.

A Dico le quedó esa lección para siempre.

También le quedó un apodo que nació de una burla.

Confundió el nombre de un portero llamado Bilé y lo llamó Pelé.

Sus compañeros se rieron tanto que el nombre se le pegó.

Al principio le molestó.

Después el mundo entero lo repetiría.

A los nueve años ocurrió una herida nacional.

Brasil perdió la final del Mundial de 1950 contra Uruguay en el Maracanazo.

El país quedó devastado.

Dico vio a su padre llorar por primera vez.

No lo olvidó nunca.

Apenas era un niño, pero se acercó a él y le hizo una promesa que sonaba imposible.

Algún día ganaría una Copa del Mundo para él.

Las promesas de los niños suelen desvanecerse con los años.

La suya no.

A los diez años, él y sus amigos cambiaron el nombre de su equipo a Ameriquinha y ganaron un torneo infantil de la ciudad contra todo pronóstico.

En la final, Dico jugó de una manera tan brillante que el estadio terminó coreando su apodo.

Pelé.

La burla empezaba a convertirse en destino.

A los trece años llegó a la división juvenil del Atlético de Bauru.

Ahí conoció a Waldemar de Brito, un exseleccionado nacional que reconoció de inmediato que ese niño no era común.

Waldemar le enseñó a dominar el balón con todo el cuerpo.

También lo empujó hacia un nivel más alto.

Pelé empezó a jugar futsal, una modalidad rápida, apretada y exigente que lo obligó a decidir en segundos.

Las canchas pequeñas afilaron su técnica.

El balón empezó a obedecerle en espacios donde otros solo veían piernas.

Waldemar de Brito terminó ofreciéndole una oportunidad con el Santos.

Su madre se opuso.

No quería entregar a su hijo al mismo sueño que había lastimado a su marido.

Pero Waldemar insistió tanto que logró convencerla.

Pelé partió hacia una vida nueva.

Cuando llegó al Santos, empezó en el equipo juvenil.

Duró poco ahí.

Su talento era tan evidente que lo subieron al primer equipo con rapidez.

Al principio se sintió intimidado por la edad y la experiencia de los demás.

Luego hizo lo que siempre había hecho: jugó.

En un entrenamiento anotó cuatro goles en una victoria de 6 a 1.

Después marcó en un amistoso contra el Corinthians apenas entró al campo.

Su nombre empezó a mover gente.

Los aficionados iban a los partidos para verlo.

Santos empezó a entender que tenía algo más que un buen delantero.

Tenía una fuerza de atracción.

En junio de 1957, durante el torneo internacional de Morumbi, el resto de Brasil empezó a descubrirlo.

Pelé debutó con tres goles ante el Belenenses de Portugal.

Siguió anotando y terminó entre los máximos goleadores del campeonato.

Aunque Santos no ganó el torneo, la selección brasileña tomó nota.

Ese mismo año, en el Campeonato Paulista, hizo 36 goles en 29 partidos con apenas 16 años.

La estadística parecía absurda.

Pero lo que más le importaba no era el torneo estatal.

Era el Mundial de Suecia de 1958.

Entonces llegó la noticia.

El director del Santos le dijo que había quedado en la selección.

Pelé sintió que la promesa de 1950 empezaba a acercarse.

Pero la alegría se quebró en un entrenamiento.

Se lesionó la rodilla.

La misma palabra que había arruinado a su padre apareció ahora sobre su propio cuerpo.

Rodilla.

Dolor.

Duda.

No pudo jugar el primer partido del Mundial.

Brasil venció a Austria 3 a 0 sin él.

Tampoco jugó el segundo, contra Inglaterra, que terminó empatado.

La buena noticia llegó antes del siguiente encuentro.

Pelé estaba listo para volver contra la Unión Soviética.

Tenía 17 años y salió a la cancha con el número 10.

Ese número le tocó casi por accidente, porque Brasil no asignó dorsales a tiempo y la FIFA terminó haciéndolo.

Con los años, el 10 se convirtió en símbolo del jugador distinto, del creador, del hombre alrededor del cual gira un equipo.

En gran parte, eso se debió a él.

Contra la Unión Soviética, Pelé pegó un balón al poste en los primeros minutos.

La rodilla lo molestaba, pero lo ocultó.

Brasil ganó 2 a 0 y avanzó.

Él no quedó satisfecho.

Quería redimirse.

Contra Gales, el partido estaba cerrado, 0 a 0, hasta que apareció en la segunda mitad y marcó el gol de la victoria.

En la semifinal contra Francia, hizo tres goles.

Ese hat-trick cambió su vida.

El Mundial de Suecia fue uno de los primeros en transmitirse de manera masiva por televisión internacional.

De pronto, el niño de los pies descalzos se volvió visible para el mundo.

Brasil ganó 5 a 2 y llegó a la final contra Suecia.

El día de la final, cuando sonó el himno brasileño, Pelé pensó en su padre escuchando por radio.

Pensó en el llanto de 1950.

Pensó en la promesa.

Suecia anotó primero.

Por un momento, el miedo se metió en el equipo.

Pero Brasil se recuperó.

Pelé marcó un gol de sombrerito que parecía imposible para alguien tan joven y tan presionado.

Después, cuando el marcador iba 4 a 2, volvió a aparecer al minuto 90 y metió otro gol.

La emoción lo rebasó.

Solo alcanzó a pensar que serían campeones del mundo.

Luego se desmayó.

Cuando despertó, Brasil era campeón.

Pelé tenía 17 años y ya había cumplido la promesa que le hizo a su padre.

Después del Mundial, una revista lo bautizó como Rey Pelé.

El apodo no era discreto, pero tampoco parecía exagerado.

Los clubes grandes de Europa intentaron ficharlo.

Incluso llegó a firmar con el Inter de Milán, pero la presión de los aficionados brasileños hizo que el acuerdo se cancelara.

Pelé siguió en Santos.

La victoria también cambió la vida de su familia.

La Confederación Brasileña de Deportes pagó a cada jugador un premio histórico de 100,000 cruceiros.

Pelé renegoció su contrato con Santos.

Antes ganaba 6,000 cruceiros al mes.

Después pasó a ganar 60,000.

Con ese dinero compró una casa para sus padres en Bauru y les regaló un auto.

Más que lujo, les dio estabilidad.

Para esa familia, el fútbol dejó de ser el recuerdo de un sueño roto y empezó a significar paz.

Los años siguientes fueron de dominio.

En el Campeonato Paulista de 1958, Pelé anotó 58 goles y llevó a Santos al título.

En 1959, aunque tuvo que cumplir el servicio militar, jugó para varios equipos y siguió marcando goles a un ritmo casi irreal.

Ese año hizo 127 goles en 103 partidos.

También conoció a Rosemary, una joven de 14 años, mientras él tenía 19.

La relación avanzó con el tiempo y terminaron casándose años después.

Su vida personal, sin embargo, no sería tan limpia como sus jugadas.

Pelé reconocería más tarde que le costó ser fiel durante su matrimonio.

Incluso admitiría que en algún momento no sabía con certeza cuántos hijos tenía.

Mientras tanto, Santos crecía con él.

Ganó la Taça Brasil, el Campeonato Paulista y después la Copa Libertadores.

En 1962, Santos enfrentó al Peñarol en una final durísima.

La serie se definió en un tercer partido.

Cuando más lo necesitaban, Pelé anotó dos goles y le dio a Santos su primera Libertadores.

Luego llegó la Copa Intercontinental contra el Benfica.

En Lisboa, Pelé hizo cuatro goles y Santos ganó 5 a 2.

No era solo campeón mundial con Brasil.

También era campeón del mundo con su club.

En 1963, Santos defendió la Libertadores contra Boca Juniors.

En la Bombonera, después de un partido físico y tenso, Pelé dio una asistencia y marcó el gol de la victoria.

Santos ganó 2 a 1 y se coronó bicampeón.

Ese mismo año, su vida privada abrió una herida que duraría décadas.

Pelé tuvo una relación con Anisia Machado, una trabajadora del hogar en su casa.

Ella quedó embarazada y dijo que la niña, Sandra, era hija de Pelé.

Él la negó.

Durante años, esa historia quedó escondida.

Pero los secretos familiares no desaparecen solo porque una estrella mire hacia otro lado.

En 1964, Brasil entró en una etapa oscura con la dictadura militar.

Se censuró la prensa, se eliminaron partidos políticos y se crearon actos institucionales que dieron más poder al régimen.

Pelé intentó mantenerse lejos de la política.

Decía que solo era futbolista y que su papel era darle alegría al pueblo.

Esa postura le trajo críticas.

Para muchos, el problema no era solo su silencio, sino que aceptara reunirse o fotografiarse con figuras del régimen.

Mientras tanto, en la cancha seguía brillando.

En 1964, Santos ganó la Taça Brasil con un hat-trick de Pelé en la final contra Flamengo.

También recuperó el Campeonato Paulista.

En un partido contra Botafogo, Pelé marcó ocho goles y Santos ganó 11 a 0.

Era una exageración hecha partido.

En 1965 se casó con Rosemary.

Poco después descubrió que Pepe el Gordo, un amigo al que había confiado sus finanzas con poder notarial, lo había dejado en la ruina por malas inversiones.

Pelé pidió ayuda al Santos.

El club le prestó una suma enorme, pero a cambio obtuvo sus derechos de imagen y lo comprometió a giras internacionales para pagar la deuda.

La gloria también podía ser una jaula.

Luego llegó el Mundial de 1966 en Inglaterra.

Brasil soñaba con ganar su tercera Copa seguida, pero la preparación fue desorganizada.

Además, varios equipos usaron un marcaje agresivo y físico.

Pelé fue uno de los blancos principales.

Contra Bulgaria recibió golpes, pero anotó y Brasil ganó 2 a 0.

Lo dejaron fuera contra Hungría para protegerlo, y Brasil perdió 3 a 1.

Volvió contra Portugal.

Ahí lo castigaron con faltas duras.

Salió lesionado, regresó vendado y apenas pudo moverse.

Brasil perdió 3 a 1 y quedó eliminado en fase de grupos.

Para Pelé, fue devastador.

Decidió que ese sería su último Mundial.

Pero la vida todavía no había terminado de escribir su mejor regreso.

Después de años difíciles, de deudas, lesiones y críticas, el Mundial de 1970 en México empezó a acercarse.

Pelé aceptó volver a la selección.

Sabía que probablemente sería su última Copa.

La preparación tuvo tensión.

El técnico João Saldanha fue despedido y llegó Mário Zagallo, excompañero de Pelé en mundiales anteriores.

Zagallo lo reintegró.

Brasil viajó a México con un equipo que acabaría entrando en la leyenda.

En la fase de grupos, Pelé casi anotó desde media cancha contra Checoslovaquia.

El balón pasó apenas por un lado, pero la jugada quedó grabada en la memoria del fútbol.

Brasil ganó 4 a 1.

Luego venció a Inglaterra 1 a 0, en un partido enorme porque Inglaterra era la campeona vigente.

También derrotó a Rumanía y avanzó a cuartos.

Contra Perú ganó 4 a 2.

Entonces llegó la semifinal contra Uruguay.

No era un partido más.

Era el país del Maracanazo.

Era la herida de 1950 frente a Pelé otra vez.

Uruguay anotó primero al minuto 19.

Durante veinte minutos, Brasil sintió que el fantasma volvía.

Pero antes del descanso empató.

En el medio tiempo, el entrenador les dijo algo simple: que jugaran como sabían.

En la segunda mitad, Brasil cambió.

El equipo jugó libre, alegre y feroz.

Pelé no marcó, pero jugó como si estuviera en todas partes.

Brasil ganó 3 a 1.

Para él, esa victoria tuvo un sabor especial.

No era solo avanzar a una final.

Era cerrar una herida de infancia.

La final fue contra Italia.

La mañana del partido, Pelé lloró.

La emoción le cayó encima.

La presión, el orgullo, el miedo, la ilusión y la certeza de que era su última Copa del Mundo se juntaron al mismo tiempo.

Rezaba pidiendo ayuda para su último Mundial.

Al minuto 18, anotó de cabeza.

Italia empató antes del descanso.

Pero en la segunda mitad Brasil tomó el control.

Llegaron el segundo gol, el tercero y luego el cuarto, marcado por Carlos Alberto al final de una de las jugadas más famosas de la historia.

Brasil ganó 4 a 1.

En México, Pelé se convirtió en el único jugador en ganar tres Copas del Mundo.

La gente invadió la cancha y lo cargó en hombros.

Le pusieron un sombrero de mariachi en medio del caos feliz.

Brasil obtuvo la Copa Jules Rimet en propiedad por ganar su tercer Mundial.

La dictadura intentó aprovechar la victoria como propaganda.

Pelé diría después que ganaron para el pueblo, no para el régimen.

En su corazón sabía cuánto necesitaba Brasil esa alegría.

Después de 1970 empezó a pensar en el final.

Se retiró de la selección con un amistoso contra Yugoslavia.

Más tarde avisó al Santos que buscara reemplazo.

En 1974, durante un partido contra Ponte Preta, atrapó un pase con las manos, llevó el balón al centro del campo, se hincó y levantó los brazos.

El estadio entendió.

El rey se retiraba del Santos.

Pero su retiro tranquilo no duró.

Pelé descubrió que estaba prácticamente en bancarrota por fraudes y malas inversiones, incluida una empresa de autopartes llamada Folax.

El banco tomó sus propiedades y aun así quedó con una deuda enorme.

La salida fue volver a jugar.

Real Madrid, AC Milán y América estuvieron entre los equipos interesados.

Pudo haber jugado para un club mexicano, pero a los 34 años no quería cargar con esa presión.

Miró hacia Estados Unidos, donde el fútbol todavía no tenía la misma exigencia.

Llegó al Cosmos de Nueva York con un contrato gigantesco.

Su fichaje ayudó a que otras estrellas vieran Estados Unidos como destino para el tramo final de sus carreras.

Con el Cosmos ganó el campeonato en 1977.

El 1 de octubre de ese año jugó su despedida definitiva.

Fue Santos contra Cosmos.

Pelé jugó una mitad con cada equipo.

Era una manera perfecta de partirse entre las dos camisetas que habían marcado su vida.

Después colaboró con UNICEF como embajador de buena voluntad, participó en iniciativas de la FIFA y apareció en la película Escape a la victoria.

También fue ministro de Deportes de Brasil e impulsó la llamada Ley Pelé, una reforma que dio más libertad a los jugadores frente a los clubes.

Creó la Fundación Pelé para apoyar a niños en situación de pobreza.

Pero su vida siguió teniendo zonas oscuras.

Su matrimonio con Rosemary terminó después de 16 años.

Tuvo relaciones muy comentadas por la prensa.

Se casó después con Asiria Lemos y tuvo gemelos, Joshua y Celeste.

También resurgió la historia de Sandra.

Ella buscó durante años que Pelé la reconociera.

La corte ordenó una prueba de ADN.

El resultado confirmó que era su hija.

Aun así, Pelé no construyó una relación con ella, ni siquiera cuando Sandra enfermó de cáncer y murió en 2006.

Esa decisión quedó como una de las manchas más dolorosas de su historia personal.

Con el tiempo, Pelé se volvió una especie de embajador mundial del deporte.

Aparecía en ceremonias, eventos de la FIFA y promociones de torneos.

En el camino al Mundial de Brasil 2014 volvió a recibir críticas.

Muchas personas protestaban por el gasto enorme en estadios mientras reclamaban mejores hospitales, escuelas y transporte.

Pelé pidió que la gente apoyara a Brasil y disfrutara el fútbol.

Esa postura hizo circular otra vez la frase de Romário: Pelé callado era un poeta.

Como jugador, casi nadie lo discutía.

Como figura pública, sí.

En 2021 se reveló que tenía cáncer de colon.

La noticia golpeó a millones.

Su salud se complicó poco a poco y la enfermedad avanzó a otros órganos, incluidos pulmones e hígado.

El 29 de diciembre de 2022, Pelé murió en un hospital rodeado de sus seres queridos.

Se fue el hombre, pero quedó la imagen.

El niño descalzo.

El joven que jugaba con un calcetín relleno de papel.

El hijo que vio llorar a su padre y prometió ganar una Copa del Mundo.

El número 10 que no nació como símbolo, pero terminó dándole significado al símbolo.

La historia de Pelé no fue perfecta.

Tuvo grandeza, contradicciones, alegrías, silencios, deudas, heridas familiares y decisiones que siguen siendo cuestionadas.

Pero con el balón en los pies cambió la manera en que el mundo entendía el fútbol.

Lo hizo más libre.

Más creativo.

Más alegre.

Tal vez por eso su nombre sobrevivió a todo lo demás.

Porque antes de convertirse en Pelé, la leyenda de los mundiales fue Edson Arantes do Nascimento, un niño que no tenía balón, pero tenía una promesa.

Y algunas promesas, cuando encuentran suficiente amor y suficiente terquedad, pueden terminar iluminando un estadio entero.

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