La Llamaron Dramática En El Hospital, Hasta Que Vieron Su Cuenta-Quieen

El hilo de sutura entraba y salía de mi pierna como si alguien estuviera cerrando una puerta que yo todavía no había terminado de cruzar.

El hospital olía a antiséptico, sangre seca y café recalentado.

Yo estaba acostada en una camilla del área de urgencias del Hospital de Xoco con la pierna derecha inmovilizada, la pantorrilla abierta y un dolor tan constante que ya no parecía dolor, sino ruido.

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El médico trabajaba con concentración silenciosa.

La enfermera sostenía una charola metálica donde las gasas manchadas parecían pequeñas pruebas de que lo ocurrido no era un invento.

Me habían atropellado a las 12:18 al salir de mi panadería en la colonia Roma.

Iba cruzando por una caja de fresas para los pays del día cuando escuché un frenón, luego un golpe seco, luego mi propio cuerpo contra el pavimento.

Recuerdo el sabor metálico en la boca.

Recuerdo el calor de la sangre bajándome por la pantorrilla.

Recuerdo a una señora gritando que no me movieran.

Lo que no recuerdo es haber pensado en Rodrigo.

No al principio.

Quizá mi cuerpo fue más inteligente que mi corazón.

Mi teléfono empezó a vibrar antes de que me subieran a la ambulancia.

Después vibró en la ambulancia.

Después vibró en recepción.

Después vibró en la camilla.

Cuarenta y siete llamadas.

Todas de mi esposo.

La enfermera vio el nombre en pantalla por tercera vez consecutiva y frunció el ceño.

—¿Quiere contestar? —preguntó con cuidado.

Yo cerré los ojos un segundo.

El dolor en la pierna era real, limpio, visible.

El otro dolor no tenía yeso ni reporte médico.

—Póngalo en altavoz —dije.

Ella tocó la pantalla y dejó el celular junto a mi hombro.

La voz de Rodrigo llenó el cubículo sin saludar.

—¿Te rompiste la pierna o se te rompieron las manos? Mi mamá no ha comido, Lucía.

El médico dejó de suturar.

La enfermera se quedó inmóvil.

Yo miré el techo blanco del hospital, donde la luz fluorescente parecía no perdonar nada.

—Estoy en el Hospital de Xoco —dije—. Me fracturé la tibia. Me atropellaron al salir de la panadería.

Hubo una pausa breve.

No fue preocupación.

Fue cálculo.

—Siempre tan dramática —dijo Rodrigo—. Mi mamá necesita su comida baja en sal antes de las dos. ¿No puedes pedir un Uber y venir? No te estoy pidiendo que corras un maratón.

El médico levantó la vista hacia mí.

La enfermera abrió la boca, pero no dijo nada.

Yo tampoco respondí de inmediato.

Durante tres años, había confundido paciencia con amor.

Había confundido aguantar con construir.

Había confundido silencio con paz.

Rodrigo Rivas era director regional en Altavista Electrodomésticos.

Le gustaba decirlo con la voz un poco más grave, como si el puesto fuera una medalla que se colgaba cada mañana antes de mirarse al espejo.

En cenas, reuniones y llamadas familiares, hablaba de metas, proveedores, juntas y presupuestos.

Cuando alguien me preguntaba a mí por la panadería, él sonreía y decía: “Lucía es feliz con cosas sencillas”.

La gente se reía.

Yo también.

Al principio.

Mi panadería en la Roma no era grande.

Tenía una barra pequeña, cuatro mesas, una vitrina que empañaba con el calor del pan recién salido y una campanita en la puerta que sonaba cada vez que entraba alguien.

Yo había levantado ese lugar con madrugadas, harina en los brazos y uñas rotas.

Rodrigo decía que olía a mantequilla como si fuera algo tierno.

Nunca preguntó cuántas facturas pagaba con ese olor.

Su madre, doña Graciela, llegó a nuestra vida diaria antes de que yo entendiera que ya no se iría.

Primero fue una semana de ayuda por presión alta.

Luego fueron comidas especiales.

Después fueron horarios, pastilleros, servilletas limpias, caldo sin chile, pollo deshebrado, gelatina sin azúcar, fruta picada en recipientes separados porque “así no se le revuelve el sabor”.

Rodrigo no lo pedía como favor.

Lo anunciaba como si yo ya hubiera aceptado antes de nacer.

—Mi mamá no puede comer cualquier cosa —decía.

—Mi mamá se pone mal si se altera.

—Mi mamá ya está grande.

Nunca decía: “Gracias”.

Nunca decía: “Yo lo hago”.

Esa tarde, con la aguja todavía cerca de mi piel, escuché su exigencia como si viniera de otro cuarto de mi vida.

Un cuarto que yo ya no quería habitar.

—Tu mamá ya no es mi responsabilidad —dije.

Rodrigo soltó una risa corta.

—¿Qué?

—Y este matrimonio tampoco.

Colgué.

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue una puerta abriéndose.

La enfermera dejó mi celular sobre la camilla.

No me tocó el hombro ni me dijo que todo estaría bien.

A veces la compasión más honesta es no mentir.

—Voy a terminar de limpiar la herida —dijo el médico, más suave.

Asentí.

La puntada siguiente dolió menos que haber escuchado a Rodrigo.

Media hora después, entraron dos policías.

El mayor llevaba una libreta pequeña y el menor una expresión de cansancio que cambió en cuanto vio mi pierna.

—¿Lucía Mendoza?

Levanté la mano.

—Su esposo reportó una discusión familiar —dijo el mayor—. Indicó que usted abandonó a una adulta mayor dependiente.

Por primera vez en todo el día, me reí.

No porque fuera gracioso.

Porque era perfecto.

Rodrigo había intentado convertir mi accidente en una falta doméstica.

Yo tenía sangre en la pierna y él tenía una narrativa.

—Fui atropellada a las 12:18 —dije—. Mi ingreso está registrado. Las placas están ahí. El parte médico está ahí. No abandoné a nadie. Estoy hospitalizada.

El policía miró mi pierna.

Luego miró el teléfono sobre la camilla.

La pantalla todavía mostraba el registro de llamadas.

—¿Cuarenta y siete llamadas? —preguntó.

—Para exigirme que regresara a cocinar.

El médico dio un paso adelante.

—La paciente no puede caminar. Tiene fractura de tibia, herida abierta en pantorrilla y requiere incapacidad. Si necesitan constancia, se entrega ahora mismo.

El policía mayor cerró la libreta un instante.

Había visto muchas mentiras.

Eso se le notaba en los ojos.

Pero también se le notaba cuando una mentira acababa de quedar desnuda frente a él.

—¿Quiere que llamemos a su esposo desde el teléfono oficial? —preguntó.

—Sí —dije.

La llamada salió en altavoz.

Rodrigo contestó con fastidio.

—¿Quién habla?

—Policía de la Ciudad de México. Su esposa se encuentra hospitalizada por un accidente vial. Su reporte no corresponde con los hechos.

El silencio de Rodrigo fue distinto esta vez.

Ya no era cálculo.

Era alarma.

—Yo… yo no sabía que era tan grave.

—No lo sabías porque nunca preguntaste —dije desde la camilla.

El médico no sonrió.

La enfermera tampoco.

Pero el aire cambió.

Rodrigo bajó la voz.

Cuando un hombre cruel baja la voz, casi nunca es arrepentimiento.

Es estrategia.

—Lucía, ¿vas a hacerme quedar como un monstruo por una comida? Si quieres divorcio, va. Pero la casa de Las Lomas, la camioneta y el dinero de la cuenta se quedan conmigo. Tú sales con tu pierna rota y con lo que traes puesto.

El monitor junto a mi cama siguió marcando mi pulso.

La máquina no sabía que acababan de amenazarme.

O tal vez sí, y por eso siguió sonando tan tranquila.

—Te equivocas, Rodrigo —dije.

—¿En qué?

—No voy a salir de tu vida con las manos vacías. Voy a retirar mi capital.

—¿Cuál capital? —se burló.

Miré mi pierna.

Miré las gasas.

Miré el teléfono.

—El primero soy yo misma.

Después de eso, algo en mí se ordenó con una calma que no reconocí al principio.

Pedí copias de todo.

Expediente médico.

Radiografías.

Receta.

Constancia de incapacidad.

Registro de ingreso.

Observaciones del médico tratante.

Hora exacta.

La enfermera imprimió cada documento y los metió en una carpeta azul.

—Téngalos a la mano —me dijo.

No era venganza.

Era método.

A las 13:46 hice la primera llamada.

Fue al banco.

Pedí congelar la cuenta conjunta de 100 mil pesos por riesgo de disposición no autorizada.

El ejecutivo me hizo tres preguntas de seguridad.

Las contesté sin temblar.

Luego escuché el teclado del otro lado.

—La cuenta queda restringida para movimientos nuevos hasta revisión —dijo.

—Perfecto.

A las 13:52 hice la segunda llamada.

Fue al notario.

Confirmé que la casa de Las Lomas estaba a nombre de ambos y que nadie podía vender, hipotecar ni transferir sin mi firma.

El notario, que me conocía desde antes de mi matrimonio, guardó una pausa triste.

—Lucía, ¿necesitas representación?

—La voy a necesitar.

A las 13:59 llamé a Paola.

Mi mejor amiga no saludó como de costumbre.

—¿Dónde estás?

—Hospital de Xoco.

—¿Qué pasó?

—Me atropellaron. Me rompí la pierna. Y voy a divorciarme.

La oí respirar.

Luego el sonido de llaves.

—Voy para allá.

—Tráeme ropa, mi laptop, cargador y llama a la licenciada Renata Ibarra.

—Ya.

Paola había estado en mi vida desde antes de Rodrigo.

Había visto mis primeras madrugadas de panadería, cuando yo dormía dos horas y abría con los ojos rojos.

Había visto mis manos quemadas por charolas calientes.

Había visto mi emoción el día que firmé el primer contrato grande de distribución.

También había visto cómo yo empecé a hablar menos después de casarme.

Nunca me lo reprochó.

Solo se quedó cerca.

Hay amistades que no empujan la puerta.

Se quedan del otro lado hasta que por fin la abres.

A las 14:07 hice la cuarta llamada.

—Señora Mendoza —respondió Ernesto Duarte.

Su voz tenía una formalidad que Rodrigo jamás había escuchado dirigida a mí.

—Necesito el expediente interno de Rodrigo Rivas, director regional centro —dije—. Y prepara una auditoría sorpresa. Oficialmente será por quejas anónimas de proveedores.

Ernesto no preguntó si estaba segura.

Eso era lo que más apreciaba de él.

—Entendido. ¿Va a revelar quién es usted?

Miré mi yeso.

Miré la carpeta azul.

Miré la lista de llamadas perdidas.

—Todavía no. Quiero ver hasta dónde se atreve a usar la silla que yo le pagué.

Porque Rodrigo no lo sabía.

Doña Graciela no lo sabía.

La familia de Rodrigo no lo sabía.

Antes de casarme, yo había construido Grupo Altavista.

Lo había hecho durante años, primero con distribución pequeña, luego con contratos regionales, luego con inversión silenciosa y mucho trabajo que nunca se veía en fotos.

Cuando la empresa empezó a crecer, la protegí bajo un fideicomiso llamado Aurora Capital.

No por vergüenza.

Por estrategia.

Mi abogado de entonces me dijo que era más fácil dirigir sin que todos supieran dónde estaba la firma que importaba.

Después conocí a Rodrigo.

Él llegó a Altavista por una recomendación interna, años después de que yo dejara la operación diaria en manos de Ernesto.

Me pareció trabajador.

Me pareció ambicioso.

Me pareció encantador en esa forma que tienen algunos hombres cuando todavía creen que admirar a una mujer no les resta nada.

Yo nunca le dije quién era yo dentro de la empresa.

Al principio, porque no hacía falta.

Después, porque empecé a notar cómo hablaba de las mujeres que tenían más poder que él.

Luego, porque ya no confiaba.

Él creyó que yo era solo una panadera terca.

Yo dejé que lo creyera.

A veces una persona no necesita que le pongas una trampa.

Solo necesita que le permitas mostrar quién es cuando piensa que no hay consecuencias.

Quince minutos después de mi llamada con Ernesto, Rodrigo llegó al hospital.

Doña Graciela venía detrás de él.

Los dos entraron como si el cubículo fuera una sala de juicio y ellos trajeran sentencia.

—¿Ya acabaste tu teatro? —gritó Rodrigo.

La enfermera que estaba revisando mi suero se quedó quieta.

Doña Graciela se llevó una mano al pecho.

—Ay, Dios mío, qué nuera tan mala. Yo muriéndome de hambre y ella aquí acostadota.

El policía menor, que todavía estaba en el pasillo, volteó.

El médico miró mi expediente.

La enfermera apretó los labios.

Todo el cubículo se congeló.

El suero siguió cayendo gota a gota.

La máquina siguió midiendo mi pulso.

La cortina blanca se movió apenas por el aire acondicionado.

Nadie habló.

Nadie necesitaba hacerlo.

La escena se explicaba sola.

Yo apreté el botón de enfermería.

—Por favor, llamen a seguridad. Están interfiriendo con mi atención médica.

Rodrigo palideció.

—¿Vas a sacar a tu esposo?

—Un hombre que exige comida a una mujer con una pierna rota no merece ese título.

Doña Graciela se acercó un paso.

—No te hagas la fuerte conmigo. Cuando salgas de esta familia, no te vas a llevar ni una cuchara.

Rodrigo encontró valor en la voz de su madre.

—Escúchala bien. La casa se queda. La camioneta se queda. La cuenta se queda. Yo tengo contactos, Lucía.

—También tienes llamadas grabadas desde un teléfono oficial —dijo el policía mayor desde la entrada.

Rodrigo giró la cabeza.

Por primera vez, pareció recordar que había testigos.

Yo desbloqueé mi celular.

Abrí la carpeta de Aurora Capital.

Puse la llamada de Ernesto en altavoz.

—Señora Mendoza —dijo él—, la auditoría ya está lista para iniciar.

Rodrigo dejó de mirarme como si yo fuera una esposa indefensa.

Lo vi hacer conexiones en silencio.

Altavista.

Ernesto.

Mi apellido.

Mi tranquilidad.

—¿Por qué te llama así? —preguntó.

Doña Graciela bajó la mano que me apuntaba.

Yo no contesté.

Dejé que Ernesto hablara.

—También llegó el primer corte del área de proveedores —dijo—. Hay facturas repetidas, autorizaciones fuera de proceso y una transferencia marcada con fecha de ayer a las 18:32.

Rodrigo dio un paso hacia la camilla.

—Cuelga eso.

—No.

Una sola palabra puede ser más grande que una puerta cerrándose.

La enfermera se colocó discretamente entre él y mi cama.

El policía mayor dio otro paso hacia dentro.

Entonces Paola apareció en la entrada con mi laptop, una bolsa de ropa y el rostro de alguien que había venido preparada para cargarme si hacía falta.

Detrás de ella venía la licenciada Renata Ibarra.

Renata llevaba un sobre manila.

No saludó a Rodrigo.

No miró a doña Graciela.

Se acercó a mí y puso el sobre sobre la sábana, junto a la carpeta azul del hospital.

—Lucía —dijo—, también encontramos el borrador del convenio que él preparó.

Rodrigo hizo un sonido mínimo.

Casi nada.

Pero yo lo escuché.

Renata abrió el sobre.

—Está fechado antes del accidente.

Doña Graciela se tapó la boca.

—Eso no significa nada —dijo Rodrigo.

Renata deslizó la primera página hacia mí.

Ahí estaba su nombre.

Ahí estaba el mío.

Ahí estaba la casa.

La camioneta.

La cuenta conjunta.

Y una cláusula que pretendía que yo renunciara a cualquier reclamación patrimonial a cambio de una separación “pacífica”.

La palabra pacífica me dio ganas de reír.

No por graciosa.

Por cobarde.

—Lo preparaste antes de que yo pidiera el divorcio —dije.

Rodrigo tragó saliva.

—Un abogado me dijo que era mejor tener opciones.

—¿Y la amenaza de hace rato también era una opción?

El policía mayor anotó algo.

Rodrigo lo vio.

Su voz cambió otra vez.

—Lucía, estás alterada. Te atropellaron. Estás medicada. No sabes lo que estás diciendo.

Renata levantó la vista.

—Cuidado, señor Rivas.

Él intentó sonreír.

No le salió.

—¿Cuidado con qué?

—Con seguir hablando frente a policías, personal médico y una abogada mientras existe un expediente clínico que acredita el estado de la señora Mendoza.

Paola dejó la laptop en la mesa auxiliar.

—También traje el cargador —dijo.

Yo abrí el equipo con manos torpes.

La enfermera acomodó una almohada detrás de mi espalda.

Ese gesto casi me rompe más que la pierna.

No estaba acostumbrada a que alguien me ayudara sin cobrarme obediencia después.

Entré a mi correo.

Busqué Aurora Capital.

Abrí el archivo del fideicomiso.

Rodrigo lo vio desde donde estaba.

—¿Qué es eso?

Doña Graciela susurró:

—Rodrigo…

Renata se inclinó hacia mí.

—Tú decides cuánto mostrar ahora.

Yo asentí.

Luego giré la pantalla apenas lo suficiente.

No para enseñar todo.

Solo para que Rodrigo leyera el encabezado.

Aurora Capital.

Participación controladora.

Grupo Altavista.

Su cara perdió color lentamente.

La arrogancia no se le cayó de golpe.

Se le fue drenando, como agua por una grieta.

—No —dijo.

Fue una palabra pequeña.

Casi infantil.

—Sí —respondí.

Doña Graciela miró a su hijo.

Luego me miró a mí.

Por primera vez, no me vio como la mujer que preparaba caldos.

Me vio como la dueña de la mesa donde su hijo había estado comiendo.

Rodrigo intentó recomponerse.

—Eso no puede ser. Yo trabajo ahí. Yo conozco la estructura.

—Conoces la silla —dije—. No quién la pagó.

El médico miró hacia abajo para ocultar una reacción.

El policía no lo hizo.

Renata cerró el sobre manila.

—A partir de este momento, toda comunicación con la señora Mendoza será a través de mí.

—Es mi esposa —escupió Rodrigo.

—Es mi clienta —dijo Renata.

Esa frase hizo algo en la habitación.

Reordenó los papeles invisibles.

Yo ya no era una mujer explicando por qué merecía descanso.

Era una paciente, una empresaria, una propietaria y una persona con representación.

Rodrigo había llegado a exigirme comida.

Ahora estaba tratando de entender si todavía tenía trabajo.

Ernesto seguía en altavoz.

—Señora Mendoza, Recursos Humanos puede suspender accesos preventivamente mientras se revisan las autorizaciones.

Rodrigo levantó la cabeza.

—No puedes hacer eso.

—No lo estoy haciendo yo —dije—. Lo hará el proceso.

Procesos.

Esa palabra le molestó.

Los hombres como Rodrigo aman las reglas cuando creen que las escriben ellos.

Las odian cuando descubren que también pueden proteger a la persona que subestimaron.

—Lucía —dijo, más bajo—. Amor. Estás enojada.

Paola soltó una risa seca.

Doña Graciela le lanzó una mirada, pero Paola no se movió.

—No le digas amor ahora —dijo mi amiga—. Hace una hora le dijiste que pidiera un Uber con la tibia rota.

Rodrigo se volvió hacia ella.

—Tú no te metas.

El policía mayor cerró su libreta.

—Señor, le recomiendo bajar el tono.

Renata levantó el convenio.

—Y yo le recomiendo no acercarse más a la cama.

El hospital ya no parecía su sala.

Ya no parecía un lugar donde podía entrar gritando y salir con la razón.

Seguridad llegó dos minutos después.

Dos hombres con uniforme se quedaron en la entrada del cubículo.

No tocaron a nadie.

No hizo falta.

Rodrigo miró sus zapatos.

Luego miró mi yeso.

Luego miró el teléfono.

Yo pensé en todas las mañanas que había preparado el desayuno de su madre antes de abrir la panadería.

Pensé en las tardes en que él llegaba tarde y me dejaba platos sucios como si fueran parte del matrimonio.

Pensé en cada broma sobre mis “cosas sencillas”.

Pensé en mi local oliendo a mantequilla mientras él presumía una empresa que nunca imaginó mía.

La humillación había empezado despacio.

La libertad también.

—Lucía —dijo doña Graciela, con otra voz—. Yo no sabía.

La miré.

—Sí sabía que yo estaba herida.

No respondió.

Porque esa era la única verdad que no podía esconder detrás de su edad, su hambre o su hijo.

Renata pidió al médico una copia certificada de la constancia de incapacidad.

El médico la entregó.

El policía mayor agregó una nota sobre la llamada y el comportamiento de Rodrigo dentro del hospital.

Ernesto confirmó la suspensión preventiva de accesos mientras se revisaban las autorizaciones.

El banco confirmó por correo que la cuenta conjunta de 100 mil pesos seguía congelada.

El notario envió una respuesta breve: ninguna operación sobre la casa podría avanzar sin mi firma.

Todo lo que Rodrigo había dicho que me quitaría empezó a quedar detenido por papeles, horarios, sellos y personas que sí escuchaban.

No grité.

No lloré frente a él.

No lo insulté.

A veces el golpe más fuerte es negarle al agresor el espectáculo que esperaba.

Seguridad pidió a Rodrigo y a doña Graciela que salieran.

Rodrigo abrió la boca para protestar.

Renata levantó una mano.

—No lo haga.

Él la miró con rabia.

Luego me miró a mí.

—Vas a arrepentirte.

Yo apoyé la cabeza contra la almohada.

—No, Rodrigo. Me arrepentí durante tres años. Hoy estoy corrigiendo.

Esa fue la última frase que le dije antes de que saliera del cubículo.

Doña Graciela caminó detrás de él más despacio.

Ya no se agarraba el pecho.

Ya no decía que moría de hambre.

Solo parecía una mujer que acababa de entender que había confundido servicio con debilidad.

Cuando se fueron, el hospital recuperó sus sonidos.

El suero.

Las ruedas de una camilla en el pasillo.

Una enfermera llamando a un paciente.

Paola se sentó junto a mí y me tomó la mano.

—¿Estás bien?

Miré mi pierna.

Miré los documentos.

Miré la pantalla de mi teléfono, donde la cuenta seguía bloqueada.

—No —dije—. Pero estoy despierta.

Paola apretó mi mano.

Renata empezó a ordenar los papeles por prioridad.

Primero, protección y comunicación formal.

Segundo, divorcio.

Tercero, patrimonio.

Cuarto, auditoría interna.

Quinto, todo lo que Rodrigo creyó que podía tocar porque pensaba que yo no sabía defenderlo.

Me dieron de alta días después, con muletas, citas de revisión y una lista de medicamentos.

No volví a la casa de Las Lomas esa noche.

Fui al departamento de Paola.

Desde ahí firmé las primeras instrucciones legales.

Desde ahí respondí a Ernesto.

Desde ahí supe que Rodrigo había intentado entrar al sistema de Altavista con su clave y ya no pudo.

También supe que llamó a tres personas para decir que yo estaba “inestable”.

Ninguna de esas llamadas le ayudó.

El reporte médico tenía hora.

La llamada policial tenía registro.

El banco tenía folio.

El notario tenía escritura.

La auditoría tenía documentos.

Y yo, por fin, tenía una versión de mí misma que ya no pedía disculpas por respirar.

Semanas después, cuando pude caminar con bastón, pasé por la panadería antes de una reunión con Renata.

El horno estaba encendido.

La vitrina volvía a empañarse.

Una empleada nueva acomodaba pays de fresa en la charola.

El olor a mantequilla me pegó en el pecho.

Rodrigo había usado ese olor para hacerme pequeña.

Pero ese olor nunca fue pequeño.

Era trabajo.

Era capital.

Era una vida que yo había construido antes de él y que seguiría existiendo después.

Durante mucho tiempo creí que una familia se demostraba sirviendo hasta desaparecer.

Ese día entendí algo distinto.

Una familia que necesita que te rompas para sentirse cómoda no es familia.

Es una costumbre peligrosa.

Y las costumbres también se pueden abandonar.

La última vez que vi a Rodrigo antes de la audiencia preliminar, intentó hablarme en el pasillo.

—Lucía, podemos arreglarlo sin destruirnos.

Lo miré apoyada en mi bastón.

—No te estoy destruyendo. Estoy dejando de protegerte.

Él no supo qué contestar.

Porque esa era la verdad completa.

Yo lo había protegido de mi nombre, de mi poder, de mis documentos, de mis límites y hasta de su propia crueldad.

El día del hospital, con la pierna rota y el vestido manchado, dejé de hacerlo.

No fue una fractura.

Fue una frontera.

Y cuando Rodrigo finalmente entendió que yo no era la esposa indefensa que creía, ya era demasiado tarde para volver a hablarme como si todavía tuviera hambre de su permiso.

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