La Científica Que Estudió Ángeles Encontró El Dato Que No Encajaba-Quieen

La primera vez que la doctora Miriam O’Se Bonsu explicó públicamente por qué las personas ven ángeles, el auditorio la aplaudió como si hubiera cerrado una puerta antigua con una llave nueva.

Era 2019.

TED Global, Edimburgo.

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El título de su charla era Por Qué Vemos Ángeles: La Neurociencia De Lo Sagrado.

En la pantalla detrás de ella aparecían imágenes del cerebro, mapas del lóbulo temporal, ondas, registros, términos limpios para experiencias que casi nunca llegan limpias a la vida de quien las sufre o las recibe.

La charla fue vista 11 millones de veces.

Se tradujo a 22 idiomas.

A los ojos del mundo académico y del público general, era un triunfo impecable.

Miriam no se burlaba de los creyentes.

Eso era parte de su fuerza.

No decía que quienes hablaban de ángeles estuvieran mintiendo, delirando o buscando atención.

Decía algo más delicado y, por eso mismo, más convincente: que el cerebro humano, bajo estrés, duelo, cansancio o peligro, podía producir percepciones extraordinarias con una arquitectura interna muy precisa.

Una presencia luminosa podía ser real como experiencia.

El ángel, decía ella entonces, era la interpretación.

Esa distinción sostuvo su carrera durante 16 años.

Miriam trabajaba como neuropsicóloga clínica en el Departamento de Psicología de la Universidad de Edimburgo.

Su campo eran las experiencias anómalas: presencias sentidas, visiones religiosas, estados cercanos a la muerte, encuentros que las personas narraban con la certeza de quien no quiere convencer a nadie porque aún está tratando de convencerse a sí mismo de haber sobrevivido a lo que vio.

Había publicado 41 artículos revisados por pares.

Había sido citada 2,800 veces.

Había dado conferencias en 12 países.

Su vocabulario era exacto, entrenado y compasivo.

Imagen funcional.

Mapeo temporal.

Análisis hipnagógico.

Fenomenología de la presencia sentida.

Había pasado años explicando cómo una mente bajo presión podía alcanzar lo sagrado sin que lo sagrado tuviera que existir fuera de la mente.

Y luego llegaron los datos que no obedecían.

En enero de 2023, Miriam llevaba 18 meses trabajando en un estudio longitudinal con 340 participantes de siete países.

El estudio se enfocaba en lo que ella llamaba experiencias de adyacencia eucarística.

El término sonaba seco, casi administrativo, como suelen sonar las palabras que los científicos construyen para poder mirar de cerca algo que de otro modo les quemaría las manos.

Los participantes reportaban presencias luminosas, sensación de atención intensa o encuentros inexplicables durante o justo después de la adoración eucarística católica.

En esa práctica, la hostia consagrada se expone en una custodia para oración silenciosa.

Miriam no estudiaba la doctrina.

Estudiaba el fenómeno.

Había separado a los participantes por historia de trauma, puntajes de sugestibilidad, exposición religiosa previa, calidad del sueño e índices de disociación.

El diseño era, en sus palabras, uno de los más sólidos de su carrera.

Hasta que Tobias Schreiber entró a su oficina.

Tobias era su asistente principal, un joven investigador de Freiburg con esa forma particular de inteligencia que detecta una anomalía antes de encontrar las palabras para nombrarla.

Traía una impresión en la mano.

No la lanzó sobre el escritorio.

No dramatizó.

La colocó frente a ella y se quedó quieto.

Luego dijo:

“Doctora O’Se Bonsu, el agrupamiento está mal”.

Miriam miró las cifras.

Al principio buscó el error de siempre.

Un sesgo de muestra.

Un grupo mal clasificado.

Una correlación inflada por exposición religiosa previa.

Pero la tabla era demasiado limpia para ser descartada.

En la investigación de experiencias anómalas, lo esperable es que ciertos factores psicológicos predigan la intensidad de los reportes.

Las personas con mayor sugestibilidad suelen describir experiencias más intensas.

Quienes han tenido mayor exposición religiosa tienden a usar lenguaje más específicamente religioso.

Quienes tienen historia de trauma reportan con mayor frecuencia determinadas presencias o estados disociativos.

Eso no era desprecio.

Era literatura.

Y la literatura estaba fallando.

Los participantes con bajos puntajes de sugestibilidad y sin trauma previo estaban describiendo experiencias con la misma estructura que los participantes con puntajes altos.

La consistencia no seguía la psicología.

Seguía la ubicación.

En 287 de los 340 casos, el 84.4%, la experiencia se había dado muy cerca de la hostia consagrada.

No cerca de un altar de manera general.

No en “ambiente religioso”.

Cerca de la hostia.

Más inquietante aún, 12 de esos participantes se identificaban como ateos o agnósticos en el momento de la experiencia.

Algunos habían entrado por primera vez a un espacio católico.

Algunos ni siquiera sabían qué era la hostia ni que estaba presente.

Uno de ellos era un ingeniero de software de 40 años de Seúl.

Había entrado a una iglesia en Roma como turista.

No tenía formación religiosa.

No tenía historia de experiencias anómalas.

Según los criterios de Miriam, era exactamente el tipo de persona que no debía reportar nada.

Pero lo hizo.

Dijo que se sintió como si estuviera “cerca de algo que irradiaba atención”.

Miriam leyó esa frase más de una vez.

No decía luz.

No decía energía.

No decía paz.

Decía atención.

Para una neuropsicóloga, esa palabra era un problema.

La atención implica dirección.

Implica orientación.

Implica que algo, o alguien, atiende.

Miriam le pidió a Tobias que corriera los sesgos por cuarta vez.

Él ya los había corrido tres.

Lo hizo de nuevo.

El patrón permaneció.

Esa tarde, Miriam volvió a casa y se sentó en la cocina.

La tetera se enfrió a un lado de la estufa.

La luz de la ventana fue pasando de clara a gris.

Sobre la mesa quedó abierto su cuaderno, con una línea a medias que no logró terminar.

Miriam no era una persona que se sentara dos horas a no hacer nada.

Era madre, investigadora, conferencista, esposa, autora de artículos, revisora de trabajos ajenos y persona acostumbrada a vivir con más pendientes que horas.

Pero esa tarde no trabajó.

Hay momentos en que una teoría no se rompe.

Peor todavía, se tensa.

Sigue ahí, de pie, pero empieza a sonar como una estructura bajo peso excesivo.

Y mientras escuchaba ese sonido interno, Miriam pensó en Abena.

Su hija tenía 11 años en el presente de esta historia.

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