El Silencio Del Monje Se Rompió Frente A La Tumba De Carlo-Quieen

Quiero empezar por las palabras, porque fueron el final de todo y, al mismo tiempo, el único lugar honesto para comenzar.

Tres palabras en italiano.

No eran mi lengua.

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No eran las palabras de mi infancia, ni de mis maestros, ni de mis textos.

Salieron de mi boca una mañana de septiembre de 2023, dentro de un santuario católico en Umbría, frente a la tumba de un joven de quince años al que catorce meses antes yo no habría sabido nombrar.

El aire olía a cera derretida, flores frescas y piedra fría.

Las velas ardían con una luz pequeña, casi doméstica, de esa que no intenta vencer la oscuridad, sino acompañarla.

Yo llevaba doce años, cuatro meses y diecisiete días sin hablar.

Mi nombre es Tenzin Dorjee Wangchuk.

Tengo 51 años.

Nací en Lhasa en 1973, segundo hijo de una familia que había mantenido, durante cinco generaciones, un vínculo profundo con la escuela Gelug del budismo tibetano.

La tradición de los Dalai Lamas.

La tradición del debate riguroso, de la precisión intelectual, de la práctica contemplativa sostenida hasta que la mente deja de parecer una cosa separada de la vida.

Mi padre no era monje.

Era maestro de lengua y literatura tibetana.

Pero llevaba la tradición con una pureza que no necesitaba hábito ni título.

La llevaba en su forma de caminar.

En la manera en que bajaba la mirada antes de responder.

En esa pausa suya, breve y exacta, como si una respuesta no fuera algo que uno recupera de la memoria, sino algo que debe encontrarse.

Esa pausa fue su primera enseñanza.

Tardé treinta años en entenderla.

Entré al monasterio de Ganden Shartse cuando tenía 18 años.

Recibí la ordenación completa a los 24.

Pasé quince años inmerso en el currículo monástico tibetano, que no es una introducción suave a la vida espiritual, sino una disciplina exigente de lógica, epistemología, análisis de la percepción y estudio de la naturaleza de la realidad.

Antes del amanecer ya estábamos despiertos.

El día se abría con estudio, recitación, debate y meditación.

La mente no era tratada como un misterio sentimental, sino como un instrumento que debía afinarse hasta dejar de mentirse.

Mis maestros me consideraban un estudiante serio.

No excepcional.

Serio.

Nunca fui uno de esos hombres cuya comprensión parece llegar desde una profundidad que no se puede enseñar.

Yo avanzaba con método.

Con paciencia.

Con obediencia.

Eso, con el tiempo, se convirtió en mi herida.

Porque podía explicar casi todo.

Podía hablar de la conciencia con precisión técnica.

Podía debatir sobre vacuidad.

Podía defender, extender y aplicar las enseñanzas de mi tradición a preguntas complejas.

Podía distinguir los matices de un argumento filosófico con la misma atención con que un joyero distingue una piedra de otra.

Pero había algo que no podía hacer.

No podía sentir aquello que entendía.

No hablo de emoción pasajera.

No hablo de entusiasmo religioso.

Hablo de la certeza directa, vivida, de primera persona, esa que no se obtiene acumulando más conceptos sobre lo que ya se comprende.

Durante veinte años estudié el mapa.

Y durante veinte años el territorio se mantuvo fuera de mi alcance.

En mayo de 2011 hice voto de silencio.

Tenía 37 años.

Sé que, desde fuera, un voto así puede verse como una especie de gesto místico o teatral.

No lo fue.

En mi contexto, el silencio formal es una práctica concreta: retirar la energía que normalmente se dispersa en la comunicación verbal y dirigirla hacia la investigación de la mente.

Pero mi motivo era más desnudo.

Había llegado a un punto en el que ya no podía seguir hablando con autoridad de una experiencia que no podía tocar.

Había palabras para el estado contemplativo.

Había palabras muy precisas.

Pero no había palabras para un monje que había dedicado toda su vida adulta a una tradición contemplativa y aun así no lograba acceder al lugar al que esa tradición apuntaba.

Especialmente dentro de mi propia tradición.

Tenemos mapas hermosos.

Lo que no tenemos es un consuelo fácil para quien los conoce todos y sigue perdido.

Tomé el voto para dejar de hablar de lo que no podía sentir.

Lo mantuve durante doce años.

Primero viví en retiro en Ganden Shartse.

Luego en una ermita sobre las colinas.

A partir de 2018 me establecí en un centro budista tibetano en Pomaia, en Toscana, donde mi maestro había ayudado a sostener una casa de retiro europea.

Pomaia era un lugar extraño y hermoso.

Una antigua casa italiana rodeada de viñedos y olivos.

Habitaciones donde los thangka tibetanos colgaban sobre muros que olían a pan fresco.

Una cocina donde el incienso y la harina parecían pertenecer al mismo mundo.

La luz toscana caía sobre objetos de tradiciones distintas sin mostrar incomodidad alguna.

Viví allí cinco años en silencio.

La comunidad se adaptó a mí con una delicadeza que nunca necesitó volverse solemne.

Notas escritas.

Gestos.

Miradas.

Rutinas pequeñas que con el tiempo formaron una gramática completa.

Yo barría los patios.

Ordenaba salas.

Meditaba.

Acompañaba sin palabras a quienes llegaban buscando calma.

Desde fuera, era útil.

Por dentro, seguía en el mismo sitio.

La distancia no se había cerrado.

Doce años de silencio no habían producido lo que veinte años de estudio tampoco habían producido.

El silencio, que había tomado como una herramienta de apertura, empezó a sentirse como una descripción.

Describía a un hombre que ya no hablaba porque había agotado todo lo que podía decir sin traicionarse.

En julio de 2023, una voluntaria italiana dejó una tarjeta plastificada sobre mi cojín de meditación.

Se llamaba Beatrice.

Tenía 22 años.

Venía de Pisa y hacía prácticas de verano en el centro.

Era alegre, directa, y poseía esa clase de valentía juvenil que no se disculpa por querer acercarse.

Mi voto de silencio no la intimidaba.

Antes me había dejado una hoja prensada.

Otra vez, una fotografía de las colinas de Pisa al atardecer.

Una noche encontré incluso un pedazo de torta envuelto en papel encerado, y lo comí en la oscuridad con la gratitud simple de quien recibe algo dulce al final de un día largo.

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