La túnica cayó al suelo y, por un instante, el mundo de Gideon Valyrius dejó de tener sentido.
Durante un año entero había visto a aquel joven sirviente recorrer los pasillos de Ironhold, limpiar los establos y obedecer en silencio cada orden del castillo. Para todos era Ross, un muchacho sin historia que había llegado buscando comida y refugio.
Pero frente al Rey Alfa ya no estaba Ross.

Estaba Rosalind.
La mujer que había perdido hacía cinco años.
La compañera destinada que todos creían muerta.
Gideon no pudo moverse mientras las vendas que ocultaban su cuerpo desaparecían y un aroma olvidado llenaba la habitación. Fresia, tierra mojada y flor de luna. Era el mismo aroma que su lobo había buscado durante años, aunque su mente se negara a aceptar lo imposible.
Sus ojos recorrieron cada detalle de aquel rostro que había intentado borrar del dolor. Había pasado cinco años gobernando con una dureza que todos temían, convencido de que la manada Blood Fang había destruido su vida.
Pero la verdad había estado caminando delante de él.
Rosalind nunca murió.
Había sobrevivido al ataque del Paso del Pino Blanco, había escapado de las aguas heladas del río y había regresado al único lugar donde podía descubrir la verdad: el castillo de su propio compañero.
Sin embargo, volver como Rosalind habría significado entregarse a quienes habían intentado matarla.
Por eso creó a Ross.
Se cortó el cabello.
Vendó su pecho.
Ocultó su aroma con ceniza y una pasta amarga de matalobos.
Y aceptó vivir como un sirviente invisible mientras observaba cómo el hombre que amaba se convertía en alguien completamente diferente.
Antes del ataque, Gideon había sido un hombre capaz de sonreír.
Después de perderla, solo quedó un Rey Alfa consumido por la venganza.
Persiguió a Blood Fang durante años porque creía que ellos habían sido responsables de la muerte de Rosalind. Mientras tanto, el consejo presionaba para que eligiera una nueva compañera y dejara atrás una historia que todos consideraban terminada.
Entonces apareció Lady Vivien.
Llegó al castillo rodeada de riqueza, guardias y la promesa de una alianza poderosa. Era exactamente el futuro que Lord Cedric había preparado.
Porque Cedric no quería que Gideon encontrara a su verdadera compañera.
Quería que se casara con Vivien y que una unión política fortaleciera sus propios planes.
Rosalind había sido un obstáculo.
Una compañera destinada de origen humilde podía destruir todo aquello que Cedric había construido.
Por eso ordenó el ataque.
Los hombres que emboscaron el carruaje llevaban símbolos de Blood Fang, pero Rosalind escuchó algo antes de escapar. Una frase. Una revelación que cambió todo lo que creía saber.
El enemigo no había enviado la orden.
La amenaza venía desde dentro.
Desde alguien que Gideon llamaba familia.
Después de descubrir la verdad, Rosalind entendió que regresar no era una opción. Necesitaba tiempo. Necesitaba sobrevivir.
Y así nació Ross.
El problema fue que esconderse dentro del castillo de Gideon significaba verlo todos los días.
Significaba caminar por los mismos pasillos donde antes había imaginado una vida junto a él.
Significaba escuchar su voz sin poder responder.
Hasta que el destino volvió a acercarlos.
El sirviente personal de Gideon fue acusado de robo y el mayordomo Gareth necesitó un reemplazo inmediato. Entre todos los empleados del castillo eligió al más insignificante.
Ross.
De repente, Rosalind quedó encargada de preparar el baño de Gideon, encender la chimenea de sus habitaciones y dejar lista su ropa cada mañana.
Estaba más cerca de él que nunca.
Y también más cerca de perder el control.
Su loba reconocía a su compañero aunque su mente siguiera escondiendo la verdad. Cada encuentro hacía más difícil mantener la mentira.
Pero algo comenzó a cambiar en Gideon también.
Después de años de silencio, su lobo volvió a despertar.
Comenzó a sentir una inquietud que no podía explicar. Dolores de cabeza. Una necesidad constante de buscar algo que parecía estar justo frente a él.
Y cada vez que Lady Vivien se acercaba, algo dentro de él la rechazaba.
No entendía por qué.
No sabía que su compañera perdida estaba a pocos pasos de distancia.
Cedric fue el primero en darse cuenta de que algo estaba mal.
El consejero no podía permitir que la verdad saliera a la luz.
Así que atacó antes de que Gideon pudiera recordar.
Acusó a Ross de ser un espía de Blood Fang.
Aseguró que el sirviente ocultaba una marca enemiga en su pecho.
Y esa acusación llevó a Gideon hasta la habitación donde todo cambiaría.
Entró furioso.
Cerró la puerta.
Miró al supuesto sirviente que había estado a su lado durante un año.
—Dicen que eres un espía.
Rosalind negó desesperadamente.
—Dicen que llevas la marca de la manada que asesinó a mi compañera.
Gideon se acercó.
Algo en su interior reaccionó antes que su razón.
El vínculo entre ambos tembló.
Por primera vez en años, su lobo reconoció una presencia que nunca había olvidado.
Pero Gideon todavía no sabía la verdad.
Solo sabía que aquel muchacho escondía algo.
Entonces pronunció la orden que podía destruir la última barrera de Rosalind.
—Quítate la túnica.
Ella sintió que todo terminaba.
Si obedecía, descubriría las vendas.
Descubriría que Ross jamás había sido un muchacho.
Y vería la pequeña luna creciente sobre su clavícula.
La marca que solo pertenecía a su compañera destinada.
Rosalind negó con la cabeza.
—No…
Era la primera palabra que pronunciaba en un año.
Gideon quedó inmóvil.
La voz no pertenecía a un joven sirviente.
Sus ojos dorados se fijaron en ella mientras una verdad imposible comenzaba a tomar forma.
La autoridad Alfa cayó sobre Rosalind, y sus manos temblaron mientras sujetaba el borde de la túnica.
Finalmente, dejó caer la última mentira que la había protegido durante años.
La tela tocó el suelo.
Y el Rey Alfa descubrió que la mujer que había llorado durante cinco años nunca había estado lejos.
Había estado viviendo bajo su mismo techo.
Esperando el momento en que la verdad pudiera sobrevivir.