La Foto Que Una Directora Musulmana No Pudo Quitar Del Pasillo-Quieen

Quiero empezar con la misma honestidad con la que tuve que explicármelo a mí misma después.

Soy musulmana.

No lo digo como un detalle biográfico bonito ni como una etiqueta para hacer esta historia más sorprendente.

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Lo digo porque mi fe es el lugar desde el que entiendo el mundo.

Rezo cinco veces al día.

Ayuno durante Ramadán.

Los domingos por la mañana, cuando la casa todavía está medio dormida, leo el Corán con mis hijas de 9 y 12 años de la misma forma en que mi madre lo leyó conmigo cuando yo era niña.

Mi fe no es un adorno sobre mi vida.

Es la estructura que sostiene todo lo demás.

Por eso, cuando digo que yo fui la mujer que casi retiró la reliquia de Carlo Acutis de un colegio católico en Birmingham, necesito que entiendas el peso completo de esa frase.

Y cuando digo que no pude hacerlo, necesito que entiendas que todavía no tengo una explicación limpia para lo que ocurrió.

Me llamo Yasmin Al Rashidi.

Tengo 41 años.

Nací en Birmingham, hija de inmigrantes marroquíes, en una casa del barrio de Alum Rock que siempre olía a comino, lluvia y ropa secándose cerca del radiador.

Mi padre llegó a Inglaterra en 1979 para trabajar en manufactura.

Mi madre llegó tres años después, cargando más valor del que nadie le reconoció entonces.

Yo crecí siendo la segunda de cuatro hijos, aprendiendo desde temprano que en una familia inmigrante casi todo tiene doble fondo: el idioma, la vergüenza, la ambición, la gratitud, la forma de caminar dentro de instituciones que no fueron diseñadas pensando en ti.

Estudié gestión educativa en la University of Birmingham.

En 2006, a los 23 años, fui contratada como directora administrativa de St. Francis Xavier Catholic School.

La directora de entonces, la hermana Margaret Doyle, era una mujer cálida, práctica y más inteligente de lo que su voz suave dejaba ver.

Me contrató sabiendo que yo era musulmana.

Sabiendo que no iba a catequizar a nadie.

Sabiendo que mi trabajo estaría en los presupuestos, los contratos, el cumplimiento normativo, las relaciones con el personal y esa montaña de asuntos pequeños que, si se descuidan, pueden hundir una escuela completa.

La hermana Margaret me dijo una vez que un colegio católico que servía a una comunidad cambiante necesitaba aprender a hablar más de un idioma moral sin dejar de saber quién era.

Creo que me contrató por eso.

Y durante 17 años, el arreglo funcionó.

Yo respetaba el carácter católico del colegio.

No compartía esa fe, pero nunca la traté como decoración.

Asistía a algunas misas escolares desde el fondo, de pie, observando con una distancia que al principio era casi antropológica y después se volvió más humana.

Ayudaba a organizar la obra de Navidad cada diciembre.

En 2009 asistí a una ceremonia de confirmación de Year 11 y me sorprendió sentirme conmovida por la seriedad de algunos adolescentes al pronunciar sus promesas.

No era mi camino.

Pero reconocía la gravedad con la que ellos lo caminaban.

Con los años, Birmingham cambió alrededor de nosotros.

La comunidad musulmana creció.

Para 2023, alrededor del 60% de nuestros alumnos venía de familias musulmanas, en su mayoría paquistaníes y bangladesíes, con algunas familias marroquíes y somalíes.

La escuela seguía siendo católica en lo legal, en lo institucional, en su calendario litúrgico y en su ethos.

Pero sus pasillos se habían convertido en algo más complejo.

Un lugar donde niños de religiones distintas compartían laboratorios, uniformes, exámenes, bromas de recreo y problemas que, a los 14 años, siempre parecen más grandes que el mundo.

Había fricción, claro.

Pero también había una negociación silenciosa que ocurría todos los días.

Cómo pedir respeto sin borrar al otro.

Cómo convivir con símbolos que no te pertenecen.

Cómo enseñar a los jóvenes que la diferencia no siempre es una amenaza.

Yo era buena en esa negociación.

Quizá demasiado buena.

Porque a veces la competencia profesional se vuelve una forma elegante de no sentir.

En abril de 2023, el director, Brendan Corrigan, instaló una pequeña reliquia de Carlo Acutis en el corredor principal.

Brendan había asumido el cargo en 2018, después de la hermana Margaret.

Era un laico católico serio, de esos hombres que no hablan fuerte porque no necesitan llenar un cuarto para imponer presencia.

Le importaba profundamente la identidad católica del colegio.

Después de la beatificación de Carlo Acutis en octubre de 2020, Brendan pensó que era apropiado honrarlo.

Carlo había nacido en Londres, antes de que su familia se mudara a Milán.

Había muerto a los 15 años de leucemia.

Amaba la Eucaristía, iba a misa diariamente y tenía una pasión paralela por la tecnología.

Programó una página y una exposición digital sobre milagros eucarísticos de todo el mundo.

Eso era lo que a Brendan más le tocaba: no un santo lejano, sino un adolescente que entendía computadoras, internet y el impulso moderno de documentar.

La reliquia era sencilla.

Una caja pequeña de madera con frente de vidrio, instalada en la pared del corredor principal, cerca de la entrada.

Dentro había un fragmento de tela autenticado como perteneciente a Carlo.

Junto a la reliquia estaba la fotografía famosa.

Un chico con sudadera gris, jeans oscuros y tenis Nike blancos con rojo, sonriendo con una tranquilidad casi desconcertante.

No parecía alguien de una vidriera antigua.

Parecía un alumno.

Parecía uno de los nuestros.

Al principio no pensé mucho en ello.

Había crucifijos en el edificio, imágenes en la capilla y un cuadro grande del Sagrado Corazón en el salón principal.

Una reliquia en un colegio católico parecía coherente con su identidad.

No me provocó alarma.

No me pareció una batalla.

Pero la primera queja formal llegó en junio.

Para septiembre, la queja se había convertido en una petición con 214 firmas.

La organizó un grupo de padres musulmanes que no eran hostiles, pero sí firmes.

Yo conocía a varios.

Algunos habían confiado en mí durante años para resolver problemas de horarios, becas, uniformes, necesidades educativas y conflictos entre estudiantes.

No eran caricaturas de intolerancia.

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