El Rey Alfa Descubrió Demasiado Tarde A Quién Había Condenado-neyney

Gideon avanzó hacia mí con la mano tendida, como si todavía existiera una forma de alcanzarme antes de que la plata cobrara el precio de su sentencia.

Yo seguía sosteniendo la copa vacía.

Por un instante, lo único que sentí fue el frío de la obsidiana contra mis dedos.

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Después llegó el dolor.

No empezó en mi garganta, como siempre había imaginado.

Comenzó detrás del esternón, profundo, como si una garra incandescente hubiera despertado dentro de mis huesos y estuviera tratando de abrirme desde adentro.

Las rodillas se me doblaron.

Gideon alcanzó a sujetarme antes de que golpeara el suelo.

Su mano cerró alrededor de mi antebrazo desnudo.

El contacto fue inmediato.

Brutal.

No por dolor, sino por reconocimiento.

Una descarga atravesó nuestros cuerpos y escuché a mi loba lanzar un aullido que llevaba años conteniendo.

La loba de Gideon respondió con una fuerza que hizo vibrar el aire del patio.

Él me miró como si acabara de despertar en medio de una pesadilla que él mismo había creado.

—Emiline.

Era la primera vez que pronunciaba mi nombre sin desprecio.

No tuve fuerzas para contestar.

A unos pasos de nosotros, Rosamund retrocedió mientras los talismanes ocultos bajo su vestido seguían ardiendo.

Uno cayó al suelo.

Era una pequeña pieza ennegrecida, atravesada por un hilo rojo que se consumió apenas tocó las piedras.

Otro siguió después.

Luego otro.

El perfume dulce que todos asociaban con Rosamund desapareció tan rápido que varios lobos levantaron la cabeza al mismo tiempo.

Lo que quedó fue mi aroma.

El verdadero.

El que Gideon conocía sin haberlo conocido nunca.

Su expresión cambió.

No necesitó que nadie se lo explicara.

—¿Qué hiciste? —preguntó.

Rosamund trató de recuperar el control.

—Está muriendo. Podemos hablar después.

Gideon ni siquiera volteó hacia ella.

—¿Qué hiciste?

Esta vez su voz hizo que hasta los guardias más cercanos bajaran la vista.

Rosamund apretó la mandíbula.

—Lo que tenía que hacer para proteger esta corona.

Aquellas palabras consiguieron algo que ninguna acusación mía habría logrado.

Gideon finalmente la miró.

Y Rosamund comprendió demasiado tarde que acababa de responder la pregunta equivocada.

Yo solté un gemido.

La plata ya estaba avanzando.

Sentía líneas de fuego extenderse por mis brazos y mi espalda.

Gideon me levantó con ambos brazos.

—Traigan al sanador.

Lord William hizo una seña de inmediato, pero Rosamund se interpuso.

—No puedes salvarla.

Gideon se quedó inmóvil.

—Quítate.

—Escúchame. Si la plata ya llegó a su sangre, no hay remedio.

Yo vi algo extraño en la forma en que lo dijo.

Demasiada certeza.

Gideon también lo notó.

—¿Cómo sabes cuánto tardará?

Rosamund abrió la boca.

No respondió.

La mano de Gideon se tensó bajo mis rodillas.

Por primera vez, la sospecha no estaba dirigida hacia mí.

—Tú elegiste la dosis —dijo.

Rosamund negó con la cabeza.

—La ejecución fue tu orden.

—La sentencia fue mía. La preparación de la copa quedó bajo tu supervisión.

Eso sí lo había sabido todo el castillo.

Rosamund dio otro paso atrás.

El círculo de espectadores comenzó a abrirse detrás de ella, no para dejarla pasar, sino porque nadie quería quedar demasiado cerca.

Yo apoyé la frente contra el pecho de Gideon.

Podía escuchar su corazón golpeando con violencia.

Años atrás, en mis fantasías más ingenuas, había imaginado ese sonido de otra manera.

Había pensado en una ceremonia.

En una habitación privada.

En el momento en que él por fin me reconociera y todo lo perdido encontrara sentido.

Nunca imaginé que escucharía el corazón de mi compañero mientras él trataba de llevarme lejos de una ejecución que él mismo había ordenado.

—No cierres los ojos —me dijo.

—No estaba planeando obedecerte ahora.

Su respiración se quebró.

Fue apenas un instante.

Pero lo sentí.

Gideon comenzó a caminar hacia la salida del patio.

Rosamund volvió a hablar.

—Si cruzas esas puertas cargándola, todos sabrán que elegiste a una traidora por encima de tu Luna.

Gideon se detuvo.

Yo habría querido decirle que siguiera.

No pude.

Rosamund vio la pausa y creyó que todavía tenía poder.

—Piensa en lo que estás haciendo —insistió—. La manada necesita estabilidad. Necesita una Luna legítima. Necesita que su rey no se arrodille ante la hija de un rebelde.

Gideon giró lentamente.

—Mi loba acaba de reconocerla frente a cuatrocientos testigos.

Rosamund levantó la barbilla.

—Tu loba fue confundida por un hechizo roto.

—No.

La respuesta salió de mí.

Débil, pero clara.

Rosamund me miró.

Yo forcé los dedos alrededor del cuello de la túnica de Gideon para no perder el conocimiento.

—El hechizo no confundió a su loba —dije—. La mantuvo encerrada detrás de un aroma falso.

Rosamund sonrió, pero ya no había seguridad en ese gesto.

—¿Y esperas que todos crean eso porque tú lo dices?

No tuve que contestar.

Uno de los talismanes que todavía colgaba de su cintura se partió solo.

La pequeña piedra cayó entre sus pies.

Al romperse, liberó un hilo oscuro de humo y durante un segundo mi aroma volvió a intensificarse.

Gideon cerró los ojos.

Su loba empujó con tanta fuerza que las uñas de sus manos se alargaron parcialmente.

Cuando volvió a abrirlos, ya no había duda.

—No necesito creerle —dijo—. Te estoy oliendo a ti por primera vez.

Rosamund palideció.

—Gideon…

—Y no hay nada.

El golpe de esas palabras fue más fuerte que un grito.

Rosamund se llevó una mano al pecho.

—Yo fui tu Luna durante años.

—Fuiste la mujer cuyo aroma me obligaron a reconocer.

—Te amé.

Gideon bajó la mirada hacia mí.

El dolor volvió a doblarme entre sus brazos.

Esta vez sentí un sabor metálico en la boca.

—Entonces debiste amarme lo suficiente para no convertir mi vínculo en una mentira —respondió.

Siguió caminando.

Rosamund perdió el control.

—¡Ella habría destruido todo!

Gideon se detuvo otra vez.

No se giró de inmediato.

Rosamund respiraba rápido.

—Su padre era un traidor. Su familia habría recuperado poder. Tú habrías puesto a una Stanton a tu lado y todos los que todavía recuerdan aquella rebelión habrían cuestionado tu juicio.

Yo levanté la cabeza.

—Mi padre murió diciendo que era inocente.

Rosamund me sostuvo la mirada.

Y entonces cometió su segundo error.

—Tu padre hizo demasiadas preguntas.

El patio entero pareció encogerse.

Gideon giró.

—¿Preguntas sobre qué?

Rosamund comprendió lo que había dicho.

Esta vez no encontró respuesta.

Yo sí encontré una pieza que llevaba años sin saber dónde colocar.

Mi padre jamás había hablado de tomar la corona.

Lo recordaba revisando rutas, interrogando a mensajeros y discutiendo sobre movimientos extraños cerca de las fronteras.

Las mismas fronteras donde Rosamund había conseguido a las brujas capaces de robar mi esencia.

No era una prueba nueva.

Era una posibilidad horrible nacida de las propias palabras de Rosamund.

Y Gideon lo entendió al mismo tiempo.

—¿Mi sentencia contra su familia también comenzó contigo? —preguntó.

—No seas absurdo.

—Dijiste que su padre hacía preguntas.

—Todos sabían que era peligroso.

—Yo no dije peligroso.

Rosamund quedó atrapada en su propia explicación.

Gideon dio un paso hacia ella conmigo todavía en brazos.

—Dije que hacía preguntas.

Ella retrocedió.

—No puedes convertir esto en un juicio contra mí porque tu compañera apareció en el peor momento posible.

—Ella no apareció hoy.

Gideon miró mi rostro.

—Ha estado aquí durante años.

Eso fue lo que finalmente me quebró.

No el dolor.

No la plata.

Aquella frase.

Porque sí.

Yo había estado allí.

En los corredores que él recorría sin verme.

En los inviernos en que me mandó a trabajar afuera porque mi presencia lo inquietaba.

En los salones donde apartaba la mirada después de observarme demasiado tiempo.

Había estado frente a él una y otra vez.

Y ahora que sabía la verdad, ninguna magia podía devolvernos esos años.

—Gideon —susurré.

Él bajó la cabeza.

—Aquí estoy.

—No conviertas salvarme en otra orden.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—No puedes mandar que esto se arregle.

Mis palabras salían cada vez más despacio.

—No puedes ordenar que te perdone porque la diosa decidió unirnos.

Su rostro se endureció, pero no contra mí.

Era la expresión de un hombre al que por fin le habían puesto delante una verdad que no podía castigar, negar ni expulsar.

—Lo sé.

—Todavía no.

Cerró los ojos un segundo.

—Entonces aprenderé.

El sanador apareció en la puerta lateral del patio y Gideon no perdió más tiempo.

Me llevó hacia él mientras los guardias rodeaban a Rosamund sin tocarla todavía.

Ella gritó su nombre.

Gideon no volteó.

El tratamiento fue peor que beber la plata.

La magia de mi loba intentaba expulsarla mientras el veneno quemaba todo lo que encontraba a su paso.

Durante horas entré y salí de la conciencia.

Cada vez que despertaba, Gideon estaba cerca.

No siempre junto a mi cama.

A veces permanecía al otro lado de la habitación porque yo le había pedido espacio.

Y, por primera vez desde que lo conocía, obedecía una petición mía sin convertirla en una lucha de poder.

Al tercer día pude sentarme.

Al quinto logré caminar hasta la ventana.

La plata había dejado una debilidad que tardaría en desaparecer, pero mi loba seguía conmigo.

Viva.

Furiosa.

Y completamente despierta.

Gideon entró esa tarde con la misma copa de obsidiana entre las manos.

Me tensé al verla.

Él lo notó y se detuvo de inmediato.

—Puedo llevármela.

—¿Por qué la trajiste?

Se acercó solo cuando asentí.

La dejó sobre una mesa, lejos de mí.

—Rosamund confesó el hechizo.

No dije nada.

—Admitió que consiguió ayuda en las fronteras y que empezó a usar los talismanes poco después de que tu loba despertara. También admitió que organizó el ataque contra su propio carruaje y colocó las cosas en tu habitación.

Aquello ya no me sorprendió.

—¿Y mi padre?

Gideon tardó más en responder.

—No confesó haber fabricado la acusación contra él.

Me dolió, pero agradecí que no fingiera tener una respuesta.

—Sin embargo, sus palabras en el patio obligaron a revisar lo que yo acepté como cierto entonces.

Lo miré.

—¿Y qué encontraste?

—Que condené a tu padre basándome en información que nunca debí aceptar sin comprobar mejor.

La habitación se volvió pequeña.

—Eso no significa que fuera inocente.

—No.

Gideon apretó la mandíbula.

—Significa que yo ya no tengo derecho a llamarlo culpable como si la verdad estuviera cerrada.

Fue una respuesta incompleta.

Precisamente por eso le creí.

No intentaba regalarme una absolución conveniente para conseguir mi perdón.

Estaba aceptando una deuda que quizá nunca pudiera pagar.

—¿Qué pasará con Rosamund?

—Responderá por lo que sí podemos probar.

—¿La ejecutarás?

Gideon me sostuvo la mirada.

—No voy a usar tu dolor para justificar otra decisión tomada con rabia.

Me sorprendió.

Tal vez a él también.

—Perderá el título que obtuvo mediante el engaño, y nunca volverá a controlar el acceso a ti ni a la corona. Lo demás se decidirá por sus actos demostrados, no por lo que yo quiera hacerle esta noche.

Me acerqué a la mesa.

La copa seguía allí.

—¿Y nosotros?

Gideon no respondió enseguida.

Eso también era nuevo.

Antes siempre había tenido una orden preparada.

—No sé —dijo al fin—. El vínculo existe. Lo siento a cada momento. Pero también sé que eso no borra lo que te hice.

Pasé un dedo por el borde exterior de la obsidiana.

—Me castigaste porque sentías algo que no podías controlar.

—Sí.

—Me humillaste porque te resultaba más fácil odiarme que preguntarte por qué me buscabas con los ojos.

—Sí.

—Y cuando tuve una última oportunidad de decirte la verdad, elegiste las pruebas que Rosamund puso frente a ti.

Gideon tragó saliva.

—Sí.

Tres respuestas iguales.

Tres golpes sin defensa.

No me pidió que entendiera.

No me dijo que también había sido víctima del hechizo.

Podría haberlo hecho.

Era cierto, en parte.

Pero no lo usó como refugio.

—Entonces empieza por ahí —le dije.

—¿Por dónde?

—Por dejar de decidir qué debo sentir.

Asintió.

—Puedo hacer eso.

—Y no vuelvas a llamarme sirvienta.

Una sombra de dolor cruzó su rostro.

—Emiline Stanton.

Escuchar mi apellido en su voz me estremeció.

Durante años había sido una marca de vergüenza.

Ahora no sonó a perdón.

Sonó a restitución.

Las semanas siguientes no fueron una historia de amor sencilla.

Eso habría sido otra mentira.

Gideon anuló las restricciones impuestas a mi familia y ordenó que mi nombre dejara de figurar entre quienes habían perdido toda protección dentro de la manada.

Yo no acepté ocupar las habitaciones de la Luna.

Tampoco permití que nadie me presentara con ese título.

No todavía.

Volví a caminar por los mismos corredores donde había cargado cubetas y leña, pero ahora nadie sabía cómo tratarme.

Algunos inclinaban la cabeza.

Otros se apartaban con culpa.

Yo prefería a quienes simplemente decían buenos días.

Gideon aprendió a hacer algo mucho más difícil que dar órdenes.

Preguntar.

¿Puedo entrar?

¿Quieres que me quede?

¿Necesitas ayuda?

A veces la respuesta era sí.

Muchas veces era no.

Y cada vez que aceptaba ese no sin enfurecerse, algo pequeño cambiaba entre nosotros.

No era perdón.

Era espacio para que algún día pudiera existir.

Meses después regresé al patio del Castillo Croft.

No había multitud.

No había nobles esperando una sentencia.

Solo Gideon y yo.

En el centro, sobre la misma piedra donde Lord William había soltado la copa en mis manos, descansaba el cáliz de obsidiana.

Gideon había querido destruirlo.

Yo se lo impedí.

—¿Por qué conservar algo así? —me preguntó.

Tomé la copa.

Ya no quedaba plata en ella.

La habían limpiado hasta que su interior negro volvió a reflejar la luz.

—Porque fue lo último que recibí como condenada.

Gideon bajó la mirada.

Yo coloqué dentro una pequeña rama de hierbas nocturnas del jardín.

El aroma subió entre nosotros.

Mi aroma.

El verdadero.

—Y será lo primero que conserve por elección propia.

Gideon no intentó tocarme.

Esperó.

Esta vez fui yo quien extendió la mano.

Él la tomó con cuidado.

La copa que había cambiado de manos para matarme quedó entre nosotros convertida en otra cosa: no una prueba de que el destino podía unir a dos personas, sino un recordatorio de que incluso un vínculo destinado no valía nada sin verdad, elección y tiempo.

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